viernes, 24 de noviembre de 2006

El plumero del guionista


Crash" arrebató, en la pasada edición de los Oscars, el más importante a la merecedora y bellísima "Brokeback Mountain".
La decisión de los académicos fue discutible, en su día, aunque ayudó a valir la historia de Ang Lee. La realidad volvió a aliarse con la de décadas atrás expresada en la historia de amor de esos dos chicos. En fin, no hubo final feliz en los Oscars, como tampoco lo tuvieron en su affaire amoroso.
Vista hoy, con el reconocimiento a mi holgazanería en su momento, aunque lo cierto es que me generaba pura rabia ver el film ganador, la propuesta de Paul Haggis es más que discutible.
La película está bien, sobretodo formidablemente escrita y dibujada en el papel, pero es de aquellas obras que sabes que están hechas por un guionista. O sea, que se le ve la trampa, el artificio narrativo.Crash es interesante y posee imágenes explosivas, nunca mejor dicho, pero es efectista en muchos tramos, machacona en su temática y reiterativa.
Estableciendo un paralelismo, "Grand Canyon" de Lawrence Kaskan resultaba más convincente expresando casi lo mismo: la sensación de violencia continua en una sociedad desquiciada. Pero lo hacía con mayor frialdad aparente, mostrando sin enfatizar.
A Haggis se le va la mano y, en muchos momentos, se echa en falta mayor finura o nociones connotadas. Es demasiado explícito en su ideología, acumulando demasiados ejemplos de aquello que quiere expresar.
Es como el cine de Fernando León, ves una escena y sabes cuál será la siguiente. "Crash" es un buen film, no lo negaré, pero se le ve demasiado el plumero.

Colinas sangrientas


Curioso introducir como primera reseña un género que se encuentra un tanto alejado de mis gustos habituales. La vida es así de paradójica.
Recuperada por el dvd, "Las Colinas tienen ojos" es una grata, gratísima, sorpresa. Se trata de un remake de un film de Wes Craven que consigue capturar la esencia de ese encantador cine de serie B, con sangre a raudales y tensión continua.
El director francés Alexandre Aja nos atenaza con una función sórdida, de una nostalgia abrumadora, efectiva y componiendo un sobresaliente ejercicio de estilo.
La crudeza de sus escenas, la terrorífica regresión al pasado en el pueblo abandonado y plagado de maniquís, y la verosimilitud de las reacciones humanas, hacen de esta propuestas flipada un ejemplo de que el cine bien homenajeado puede generar estilos, o versiones, más que dignas.

La vida es puro teatro

Dada la genial afirmación musical, lo mejor es que esta representacion de nuestra existencia se realice a través del cine. Este espacio es tan solo un lugar en el que comentar películas de hoy y de ayer, sin excluir estilos ni generos. Simplemente, divirtiéndonos con el séptimo arte.